Los adidas Superstar llegaron en 1969 como ese sneaker que no pediste, pero que de inmediato cambió las reglas. Eran de basketball, sí, pero parecían hechos para dominar fotos, no tableros.

La puntera de concha era tan distinta que parecía armadura. Y mientras los demás seguían con tenis de tela, adidas se aventó a meter cuero premium y vibes futuristas. En unos años, el Superstar ya tenía a medio NBA volteando a verlo, incluido Kareem Abdul-Jabbar, que lo convirtió en leyenda sin saber que décadas después sería más grande fuera de la duela que dentro de ella.

El boom real vino en los 80, cuando Run-DMC lo adoptó como uniforme no oficial de Nueva York. Sin agujetas, lengüeta al aire, swagger ilimitado. My Adidas salió en 1986, el público levantó sus pares en el concierto y adidas entendió la señal: un millón de dólares, contrato firmado y el nacimiento del primer gran crossover entre deporte, música y calle. A partir de ahí, los Superstar dejaron de ser sneakers. Se volvieron identidad, actitud, barrio, cultura.

En los 90 y 2000 el mundo entero los abrazó. En Europa eran parte del ADN de los crews de breakdance; en Japón, los podías ver en cada esquina de Harajuku; en Latinoamérica se volvieron un clásico de diario. Cuando Nike estaba construyendo la épica de Jordan, adidas estaba construyendo la de un modelo que no dependía de atletas: dependía de la gente que los usaba para contar su historia personal.

Luego llegaron las colaboraciones y el Superstar se volvió un lienzo global. BAPE lo convirtió en pieza de culto con su estrella a un costado; Pharrell, Neighborhood, Undefeated, Human Made, Sean Wotherspoon y hasta las versiones Superearth llevaron la silueta a territorios raros, coloridos y deliciosamente divertidos.

En tiempos donde todos los tenis quieren parecer naves espaciales con espuma reactiva y nombres kilométricos, el Superstar sigue siendo el amigo que siempre cae bien. adidas le ha hecho ajustes, lo ha llevado al skate, lo ha hecho sustentable, ha sacado el Superstar II y un sinfín de ediciones. Pero nunca lo ha disfrazado de algo que no es. Su encanto está justo en eso: en ser simple, fuerte y reconocible.

Hoy, más de 50 años después, el Superstar sigue circulando en todas las escenas: música, moda, skate, streetwear, coleccionismo y vida diaria. No vive de nostalgia; vive de relevancia. Es ese sneaker que no le pide permiso al hype para seguir brillando. Y si hay un modelo que demuestra cómo un par puede conquistar la cancha, dominar el hip hop y sostener medio siglo de cultura, es este.

El Superstar no es solo historia: es estilo que se niega a dejar de estar al frente.
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